Manresa, sábado 16 de mayo de 2026. Conversación con el autor de Ultralujo: un tratado sobre el lujo verdadero (5.000 Millas Editorial, noviembre de 2026). Habla del oficio, del cliente, del silencio, del cuerpo. De la prueba interior del que sirve. Habla, sobre todo, de una postura.
En noviembre de 2025, Bain & Company y Altagamma cifraron el mercado mundial del lujo en 1,44 billones de euros. Una palabra que hace cincuenta años nombraba apenas a un puñado de maisons describe hoy industrias enteras: hospitalidad, automoción, wellness, aviación, real estate. Lo usa todo el mundo. Lujo accesible, lujo asequible, lujo democrático. Cuando todo es lujo, nada lo es.
Carlos Medina (Samaná, Caldas, 1993) ha decidido escribir un tratado sobre ultralujo, no sobre lujo. Es su décimo libro. Está en su séptima versión.
ILa postura, no el movimiento
Más que fabricar una palabra nueva, es darle una perspectiva diferente a una palabra que ya existe. Hay que ir más profundo. Cuando se piensa en ultralujo, normalmente se piensa en ostentación, en opulencia, en diamantes, en extravagancia, en megayates, en hoteles bañados en oro. Hay belleza en eso, en determinados casos, depende del ojo que lo mire. Pero detrás de cada ostentación hay una historia. Hay un visionario. Ese visionario vivió experiencias que moldearon su mirada y desde ahí dio vida a esas creaciones. ¿Quién está detrás de la visión? ¿Cuál es la historia del artista, del palacio, del megayate, del edificio bañado de oro? Ahí es donde quiero llegar con el ultralujo.
Es una postura. No es un movimiento, no es una filosofía, no es un concepto abstracto. Es una postura. Una manera de estar haciendo las cosas. La definición que prefiero, si tuviera que enunciarla en una sola frase: hacer todas las cosas como si fueran para Dios. No es declaración religiosa. Es marco. Y desde ese marco se despliegan tres movimientos —amor, poder y dominio propio—. El amor entendido como acción y entrega, no como sentimiento; el poder entendido como capacidad de elegir; el dominio propio entendido como gobierno de la lengua, del deseo, del tiempo.
Loro Piana, Brunello Cucinelli, Aman, F.P. Journe sostienen esta postura sin que la nombren. Quien viste una prenda de Loro Piana no necesita que el logo lo valide; sabe en su interior que lleva un Loro Piana puesto y eso es suficiente. Es la postura del que no tiene necesidad de demostrar. El que se mueve por placer al oficio, no por evasión. El que respeta del mismo modo a una persona de cualquier patrimonio y al hombre más rico del mundo, porque entiende que detrás de cualquier patrimonio hay un ser humano.
La postura no es tibia. Es educada. Es la posición de quien sabe quién es, sabe lo que vale, sabe lo que puede dar. Si le toca decir una verdad incómoda, la dice. Una de las máximas, si quiere que le vaya bien en la vida: no critique, no condene, no murmure, no se queje. Ni el mismo Dios se propone juzgar al hombre hasta el fin de sus días. Por qué habría de hacerlo usted o yo.
IIEl hombre que labora no carga, crea
Hay una diferencia entre trabajar y laborar que se siente antes en el cuerpo que en la cabeza. Trabajar viene del latín trepalium, instrumento de tortura de tres palos. Nació del sufrimiento. Laborar viene de laborare: crear, experimentar, ofrecer. El hombre que labora no carga, crea.
Aprendí esa diferencia un día en que un amigo —experto en comunicación, residente en Italia— me preguntó cómo había publicado siete libros en una semana cuando él llevaba dos años intentando publicar uno. Para mí escribir era natural; para él era esfuerzo. La pregunta era el descubrimiento.
Existe una imagen que circula en internet desde los Juegos Universitarios de Shanxi, China, mayo de 2021. Un estudiante de Educación Física llamado Hao Xiaoyang corrió los cien metros con una cámara y un estabilizador de ocho kilos en la mano, grabando a los atletas oficiales, y llegó primero, por delante de todos. Me siento identificado con ese hombre. Cuando uno tiene una velocidad natural para algo, no tiene por qué dedicarse a otra cosa. No tiene por qué avergonzarse de su don. Lo que tiene es que honrarlo.
Mi oficio actual es ese: sintetizar. Extraer la sustancia de las ideas de un autor, respetar su mente, sentarme horas a destilarlas, estructurarlas, darles forma. Este mismo tratado va por su séptima versión. Cada iteración me ha ido pidiendo más silencio del autor y más voz del lector. Esa es la lentitud que no se ve.
Mientras laboro, cambia el cuerpo. Cambia la forma en la que se viste, en la que se para, en la que se camina. El cuerpo se endereza. En la página, la escritura gana autoridad. La respiración cambia. Por momentos siento que estoy levitando. No es estado permanente —el ego interviene, aparecen la rabia, la irritación frente a una injusticia—, pero no está mal airarse. Lo que está mal es seguir alimentando el pensamiento y dejarse dominar.

IIILa hospitalidad invisible
En el lujo verdadero, el detalle no es accesorio: es la cosa. Una bolsa Birkin se cose en dieciocho horas por una sola artesana, una sola pieza, de principio a fin, con dos agujas y un hilo de lino encerado, saddle stitch, ángulo de dieciocho grados. La misma artesana volverá a esa bolsa veinte años después, cuando regrese a reparar. Sus iniciales quedan dentro de la pieza, donde nadie las verá. Eso es ultralujo.
Antes de cualquier encuentro con un cliente —una primera videollamada con un autor, una primera frase con un ejecutivo del sector— hay una preparación que el otro no percibe. Me perfumo aunque la persona no vaya a olerme. Cuido que mi entorno esté limpio, pulcro. Cierro lo lateral, las ventanas, los diarios. Hago respiraciones. Cierro los ojos. Me visualizo en presencia con la persona. Aparto el ego, cualquier necesidad de tener razón o despertar validación o admiración. Calibro el tono de la voz. Cuando llega la llamada, el corazón late despacio.
Es lo mismo que hace el director de un Aman cuando supervisa la suite media hora antes de la llegada del huésped. No verifica una lista: entra a sentir si el aire está bien. La temperatura del agua, el ángulo de las flores, el silencio que recibirá al cliente cuando cierre la puerta. El huésped paga por una hospitalidad invisible que precede a la primera mirada. Aman, en sánscrito, significa paz. Es lo único que entrega la casa y es lo único que necesita un cliente que ya lo tiene todo.
Cuando aparece un ejecutivo senior con el ego desplegado —cita su patrimonio, su agenda, sus contactos, lo que ha pagado, lo que ha rechazado— hay que entender que no es maldad. Es protección. El mundo en el que se mueve le ha enseñado que casi todo el que se le acerca quiere venderle algo. Lo importante es no pegarse a esa frecuencia. No competir con el ego. Cuando uno entra a un lugar a competir por egos, está destinado a perder; cuando uno entra a servir, la competencia no existe. Mirar a los ojos a una persona con amor es el método más efectivo del universo para que las cosas conspiren a favor de los demás. Hay que practicarlo en silencio, a solas, para que fluya con naturalidad cuando se está frente a alguien.
La postura no es sumisión. Puedo someterme a la misión del cliente —entender su problema, servirle para resolverlo, darle el mapa para que lo resuelva él mismo si quiere—. No me voy a someter a su ego. Servir no es someterse. Es tratar al otro como un igual al que se cuida.
IVLa firma
Cuando este libro entre a imprenta y la cubierta diga Carlos Medina · Ultralujo · Un tratado sobre el lujo verdadero, qué se firma.
La postura.
No la idea, no la persona, no los treinta y tres capítulos. La postura.
F.P. Journe inscribe en cada esfera Invenit et Fecit —lo inventó y lo hizo— y responde por la pieza con su nombre y apellido el resto de su vida. Patek Philippe firma cada calibre individual; el relojero que lo ensambló responde por él. Hermès deja las iniciales del artesano dentro de la bolsa, donde nadie las verá, y vuelve a la misma pieza cuando regresa a reparar veinte años después. Firmar es asumir responsabilidad pública durante el resto de la vida laboral del firmante.
Aprendo de todas las personas, sin distinción de estrato, etnia, raza o religión. Ralph Waldo Emerson lo dijo mejor que nadie: todo hombre que conozco es superior a mí en algún sentido; en ese sentido, aprendo de él. Lo que uno termina firmando con su nombre es la destilación de muchas cosas escuchadas, leídas, vividas, mediadas por una postura. La firma no es vanidad. Es responsabilidad asumida.

VEl cierre
Cómo sabe un servidor del lujo, al final del oficio, si la postura se sostuvo. Cuando llega a los setenta años —el relojero que firmó cuatrocientos calibres, el sommelier que sirvió treinta cosechas, el ama de llaves que preparó diez mil habitaciones— y una tarde se sienta en silencio a mirar atrás, cuál es la prueba.
Hay dos dolores. El dolor del arrepentimiento y el dolor de la disciplina. Los investigadores de experiencias cercanas a la muerte cuentan que en los segundos en que el cerebro aún sigue encendido tras detenerse el corazón, vienen los pensamientos de aquello que no se hizo y se podría haber hecho. Ese es el dolor más grave: el del arrepentimiento. El dolor de la disciplina es incómodo al principio y produce un resultado satisfactorio a largo plazo.
La única prueba interior que cuenta, al final, es la satisfacción. Cerrar los ojos y sonreír solo, en silencio.
Cuenta la tradición que dos reyes mueren el mismo día. Uno muere sonriendo: en su rostro hay paz, calidez, una sonrisa genuina; muere como quien ha cumplido lo suyo. El otro muere con el rostro y el cuerpo marcados por la amargura; ya sabe que es demasiado tarde para hacer lo que tenía que hacer. La mente afecta al cuerpo. El cuerpo es el último archivo de la vida elegida.
Nelson Mandela invitó a uno de los guardas de Robben Island a su toma de posesión presidencial. Eso es la postura cumplida: no quedar amarrado al daño recibido. Servir desde un lugar limpio. Eso es lo que espero reconocer en mi propia mirada dentro de cuarenta años. La sonrisa solo, en silencio. La paz de quien sostuvo la postura.
Coda
Cuando una persona cierre este libro y oiga el pap de la tapa dura cerrándose, mire al horizonte, suspire. Va a recorrerle un calambre por el cuerpo. La piel se le va a erizar, casi lágrimas en los ojos, porque va a haber experimentado el amor. Va a sentir un sentimiento inexplicable. Va a decir: alguien me entiende, no me juzgó, no me etiquetó. Me dio valor real. Quiero conocerte.
Eso es lo que espero que se lleve.
No qué aprenda. Qué se lleve.
Carlos Medina es escritor y director de 5.000 Millas Editorial, casa especializada en publicación de libros de autoridad para profesionales del sector. Ultralujo: un tratado sobre el lujo verdadero es su décimo libro y aparecerá en noviembre de 2026.
